SATAN
Y el hombre fabulaba, engolosinado
con el don que yo, Satán, le había concedido a cambio de su alma: mentir sin
pestañear.
Recorrimos el mundo como dos
grandes compañeros. En tres caravelas cerramos la paradoja de ir a un
continente alejándonos de él. Destrozamos las panzas de los grandes
trasatlánticos con la punta afilada de nuestro submarino. Seguimos, en medio de
furiosas tormentas, la huella de la isla viviente, la ballena blanca, en el
mar. Vimos todas las cosas del universo, desde todas las perspectivas, adentro
y afuera, lejanas, sin tocarse, pero juntas en un solo punto. Arribamos a
Itaca.
El proseguía su relato,
entregándome el alma. Y yo lo excito a continuar. Si callara, Satán mismo desaparecería.
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