EL FINAL DEL VALLE
El Gobierno de Reconstrucción
Nacional anunció recientemente la edición de los estudios geológicos y físicos
sobre el desastre del valle de el Ávila, ese monstruoso suceso que ha partido
en dos la historia de Venezuela. Yo, uno de los escasos testigos vivos del
cataclismo, no quisiera insistir sobre las profundas e impecables razones que
la ciencia ha dado para explicar ese horror. Mi intención se limita a narrar lo
que viví ese terrible día. En alguna
parte he leido que es antinatural el verbo claro y brillante en el individuo
que ha suido víctima de una experiencia avasalladora. Las palabras se cortan,
las ideas son truncas y confusas. No puede exigírsele coherencia o belleza al
discurso del desdichado a quien la visión directa del horror le ha fracturado
la biografía. No aspiro a la elegancia. Sólo deseo una lectura comprensiva y
benevolente. Ya ha transcurrido un lustro y es ahora cuando he logrado el
suficiente valor como para contar aquello. Espero, pues, la indulgencia del
lector para con mis recuerdos.
Se ha difundido la creencia de
que en los días inmediatamente anteriores al desastre, los habitantes de
nuestra hoy borrada capital, sintieron un calor sofocante, el cual habría
constituido un anuncio inadvertido de lo que se avecinaba. Yo puedo testimoniar
que no fue así (otros testimonios sí hablan de días calurosos previos al
desastre. Por ejemplo, Testigos del fin, recopilado
por Andrés Gómez y Melvis Humbría en edición oficial).
Hacía un tiempo primaveral en
esos días.
El desastre se produjo un lunes,
el fatídico lunes 3 de marzo. Venía de Barquisimeto, reentrevistarme con un
socio. Mi mujer había optado por quedarse para poder visitar a su madre, con
mis tres hijos, de seos, cuatro y dos años de edad.
La autopista a la altura de la Victoria estaba
completamente paralizada. Eran las ocho de la mañana. Los conductores caminaban
impacientes de un lado para otro. De pronto, una ola de inquietud comenzó a
correr. “Algo horrible está ocurriendo en Caracas”, escuché. Sintonicé la
radio. Pensé que tal vez había muerto alguna personalidad. Atribuií la cola a
algún derrumbe en la vía o a una gandola volteada.
Cuando lo recuerdo, no puedo dejar de reflexionar sobre la incapacidad
radical del ser humano para conocer o asimilar algo absolutamente nuevo para
él. Imposibilidad que se hace mayor si ese algo es horrorosa. El miedo a lo
nuevo y a lo terrible: los dos pavores se juntan para cegarnos.
Empecé a preocuparme cuando llegaron las dos de la tarde y la masa de
automóviles continuaba inerte.
Circulaban rumores alarmantes entre los atrapados de la cola. Unos
hablaban de una gran inundación; otros, de un incendio. Caminé para matar en
nerviosismo. La música instrumental en las radios hacía más irritante la
situación. De vez en cuando soplaba un viento extrañamente cálido con un
extraño olor que no pude reconocer. Y con la brisa, los acordes de unos
violines insistentes que parecían venir del horizonte, de la ciudad detrás de
las montañas donde alga avasallante estaba ocurriendo.
De pronto me percaté de que conmigo, a mis espaldas y adelante, otros
hombres caminaban como yo, automáticamente, formando un desconcertante desfile,
un creciente ejército que intentaba callar el miedo andando, sorprendido de
haber aceptado tan fácilmente que los automóviles ya no nos servían para nada,
que no teníamos sino nuestras piernas para llegar a la ciudad, donde esperaban
nuestras familias, donde estaba sucediendo algo que ya intuíamos fatal, aunque
nos resistiéramos a entenderlo.
Entonces vino el trueno e inmediatamente el temblor.
Era el cuarto en Caracas, pues los anteriores habían sido relativamente
breves y los habíamos confundido con un movimiento de nuestra propia inquietud.
Este, en cambio, se presentó con toda la aspereza de la realidad. Nos
hizo sentir el vértigo de no tener el suelo debajo de nuestros pies.
Hubo gritos, golpes secos metálicos, Los automóviles se agitaban
atrozmente. Algunas ventanas saltaron, rociando los cristales por doquier, a
los caminantes.
Corrimos hacia la población más cercana. No recuerdo su nombre.
Esperábamos que allí pudiésemos obtener alguna noticia. A esas alturas ya
constituíamos un grupo sólido, unido por la solidaridad de la desesperación.
Sin jefes, sin jerarquía. El miedo era una lógica que uniformaba razonamientos
y reacciones. Nos ordenó qué hacer y todos obedecimos.
Las calles estaban llenas de gente. No se atrevían a entrar en las casas.
Los televisores no recibían ninguna señal. Algunos iban desnudos. Había vuelto
a temblar. La carrera evitó que sintiéramos el nuevo movimiento con
características de terremoto. Vimos edificios en el suelo. Vimos niños llorando
entre los escombros. Vimos un pueblo derrumbado y sus habitantes enloquecidos.
Volví (volvimos) a la autopista. Sobre ella seguía descansando el
interminable gusano de metal, La visión del abandono incrementó mi (nuestro)
desamparo.
Caminé, caminé incansablemente. Toda la angustia se me había depositado
en un fondo indiscernible. Una sedante idiotez impidió el cansancio y detuve la
imaginación. Mis pies hablaban por mí. Anduve y anduve hasta llegar a Tazón en
la madrugada y, de allí, descender mientras las montañas aún me impedían
afrontar el horror que me sorprendió en forma de un sol en forma de lago.
Es difícil describir lo que pude ver al fin en el segundo intento. Como
ustedes saben enloquecí, y sólo pude recuperarme a los meses. Apenas puedo
decir que aquella visión grandiosa era un inmenso espejo brillante, enorme, un
mar de luz en el sitio donde antes estaba una ciudad. La descripción no es de
lo mejor. Ustedes sabrán disculparme. Perdonar que la extraigo más de lo que
supe después (que la lava sumergió a toda Caracas) que de lo que vi realmente.
Ya sé que he fracasado. No he podido escribir una narración aceptable. En
lo más importante, la descripción del horror, ha sido más patente mi
incapacidad. Tal vez en casos como éstos sea mejor referir los datos escuet5os
de los estudios científicos que editará el Gobierno de Reconstrucción y que
estas notas pretenden prologar. Los geólogos explican, mucho mejor que yo, cómo
se produjo la erupción. Cómo desde los cerros se abrió la tierra y de ella
brotó la lava que acabó con el valle.
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