OBJETOS ROBADOS
Cuando leí el aviso en el
periódico, supuse que debía llegar temprano.
¡Bueno! Son las cuatro de la
madrugada y ya hay una cola larguísima de gente esperando recuperar sus
objetos robados. Menos mal que anunciaron que abrirían las oficinas a las seis.
- ¡Caray! Cómo hay de gente!-
exclamé al llegar.
La cola, como una culebra, se
retorcía y anudaba dentro del local. Dejé vagar la mirada por aquella vitrina de especímenes humanos.
- ¿Qué le pasará a aquel señor
que lo sostienen por las axilas? ¿Es paralítico? ¿Por qué no anda en silla de
ruedas?
- Oh! A mí también me llamó la
atención cuando llegué -me respondió el señor que me antecedía en la fila-. Lo
que pasa es que le robaron la voluntad. Sin ella, vive sujeto a las corrientes
contradictorias de la indecisión. Lo sostienen sus familiares. De lo contrario
deambularía de aquí para allá o quedaría paralizado en un solo lugar, lo cual
no beneficiaría a los demás que esperamos...
- ¡Caramba! ¡Hasta eso se roban!
¿Adónde iremos a parar con esta delincuencia?
El amigo de la cola asintió.
Fueron las seis y media cuando
por fin llegaron los funcionarios, y el reloj marcó las siete cuando
comenzaron a devolver los objetos robados. El sol inició su periplo y la cola
su avance, con lentitud, pero también
con seguridad.
Salían algunos satisfechos; otros,
con caras compungidas. Llegaron los vendedores de perros calientes. Abrí el
termo con el café. No tenía hambre. Qué extraño.
Como a las tres de la tarde se
produjo una fuerte discusión entre un ciudadano y el funcionario. Aquél, al
parecer, no tenía completa su documentación. Lo mismo se repitió dos o tres
veces. Menos mal que la policía apartaba a quienes discutían para que la cola
siguiese fluyendo.
A las cinco y media ya faltaban
siete personas para que yo llegara a la taquilla. Cerraban a las seis y media.
Crucé los dedos deseando que alcanzara el tiempo para recuperar mi objeto
robado.
Entregaron tres corazones. Todos
se hallaban en muy lamentables condiciones: abollados, carcomidos, quemados.
Había uno que sangraba. Otro todavía soltaba humo. También devolvieron dos
confianzas; una todavía podría funcionar, la otra estaba definitivamente para
la chivera. Después entregaron un sueño en un envase plástico hermético. Por lo
menos así no se disiparía tan pronto. Hubo la devolución de un beso, dos
promesas y un recuerdo. El amigo delante de mí abrazó emocionado sus proyectos
para la vida, al fin recuperados.
- Oh! Oh!- masculló el agotado
funcionario cuando revisó mi documentación -. Me temo que hay un problema.
- ¿Cuál? - pregunté.
- En los casos de devolución del
sentido de la vida se requieren tres copias de la cédula y usted trajo sólo
dos...
- Pero ¡no tiene sentido!
No hay comentarios:
Publicar un comentario