Ahí estaba: la última cerveza en
el frío desierto de la nevera vacía. Rómulo la tomó con filosofía, aunque sabía
que ésta tampoco funcionaba porque nunca había pasado de las tres primeras
líneas de la "Crítica de la
Razón Pura ". El libraco aún descansaba en la misma
gaveta donde guardaba su 38 recortada. Rascándose la barba de tres días, volvió
a la máquina de escribir por un camino de ropa sucia tirada en el suelo. Se prometió,
por enésima vez, reunir para comprarse una computadora.
Figueroa le había pedido suspenso
y suspenso tendría. Ya estaba jodido. Tenía que ir hasta el final y responder a
las exigencias de la emisora. Leyó en la hoja:
12. Martín estaciona su auto frente al centro comercial. Antes de
desmontarse, conecta el sistema de seguridad. Salen, él y Gisela. Caminan,
tomados de la mano, hasta el parquecito de la esquina. Una vez allí se sientan
y comienzan a besarse.
13. Carlos se incorpora y se dirige al auto. Con un pedazo de alambre
abre la puerta.
14. Martín y Gisela en el parque advierten que se llevan el auto. Martín
sale corriendo. Gisela expresa contrariedad.
15. Carlos ve a Martín por el espejo
retrovisor. Saca el arma.
16. Martín saca su arma también y sigue
corriendo detrás del auto.
Muy bien, pensó Rómulo. Martín
sabe que el auto parará en la esquina por efecto del sistema que obstruirá el
paso de gasolina hacia el motor. Ambos están armados.
Sorbió un trago de cerveza. La
última. Ya no estaba Elena allí para tenerle llena la nevera, ni para
cocinarle, ni para limpiar y acomodar la casa, la biblioteca que ya parece una
selva de telarañas o una cordillera de volúmenes amontonados. "Acaso te
crees la última pepsicola en el desierto, vale?", le había dicho ella,
llorando, cuando se fue.
Otro sorbo para evitar pensar en
Elena, por favor.
Figueroa, la emisora, había sido
generoso de todos modos. Después de un año de su renuncia decidió
reengancharlo. Y en realidad no lo necesitaban. Varios meses ya tenía la
telenovela en el aire. En cambio, él sí que necesitaba el trabajo. Se había
tenido que tragar todas sus palabras, sus pruritos de conciencia. Admitió que
la novela debía extenderse mientras ganara rating. La madre-emisora-Figueroa lo
recibió entre sus brazos.
17. El auto se detiene. Carlos golpea el volante, disgustado. Se
apresta a dispararle a Martín. Este también se prepara.
Bueno, ahora las dos figuras
principales se enfrentan. El economista que estaba reconciliándose con su novia
y el muchacho del barrio que había tenido que meterse a malandro para sostener
a su mamá paralítica. La muerte de cualquiera de los dos repercutirá en las
otras vidas. Producirá dolor en los demás. Porque los dos son amados. Tienen
seres que los esperan, que les cocinan, que arreglan la casa y les recuerdan
afeitarse. Ambos son tan rectos, no sucumben ni violan sus principios, aun
siendo uno malandro y el otro un sano idiota. Quién debe morir? Tienen su
nevera llena de botellas de cerveza y no una, íngrima, que cae al piso,
reventando, igual que la nuca por donde sale la bala.
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