lunes, 23 de diciembre de 2013

ensayos

LA ULTIMA CERVEZA EN EL DESIERTO
  Ahí estaba: la última cerveza en el frío desierto de la nevera vacía. Rómulo la tomó con filosofía, aunque sabía que ésta tampo­co funcionaba porque nunca había pasado de las tres primeras líneas de la "Crítica de la Razón Pura". El libraco aún descansa­ba en la misma gaveta donde guardaba su 38 recortada. Rascándose la barba de tres días, volvió a la máquina de escribir por un camino de ropa sucia tirada en el suelo. Se prometió, por enésima vez, reunir para comprarse una computadora.
  Figueroa le había pedido suspenso y suspenso tendría. Ya estaba jodido. Tenía que ir hasta el final y responder a las exigencias de la emisora. Leyó en la hoja:
  12. Martín estaciona su auto frente al centro comercial. Antes de desmontarse, conecta el sistema de seguridad. Salen, él y Gisela. Caminan, tomados de la mano, hasta el parquecito de la esquina. Una vez allí se sientan y comienzan a besarse.
  13. Carlos se incorpora y se dirige al auto. Con un pedazo de alambre abre la puerta.
  14. Martín y Gisela en el parque advierten que se llevan el auto. Martín sale corriendo. Gisela expresa contrariedad.
 15. Carlos ve a Martín por el espejo retrovisor. Saca el arma.
 16. Martín saca su arma también y sigue corriendo detrás del auto.
  Muy bien, pensó Rómulo. Martín sabe que el auto parará en la esquina por efecto del sistema que obstruirá el paso de gasolina hacia el motor. Ambos están armados.

  Sorbió un trago de cerveza. La última. Ya no estaba Elena allí para tenerle llena la nevera, ni para cocinarle, ni para limpiar y acomodar la casa, la biblioteca que ya parece una selva de telarañas o una cordillera de volúmenes amontonados. "Acaso te crees la última pepsicola en el desierto, vale?", le había dicho ella, llorando, cuando se fue.
  Otro sorbo para evitar pensar en Elena, por favor.
  Figueroa, la emisora, había sido generoso de todos modos. Des­pués de un año de su renuncia decidió reengancharlo. Y en reali­dad no lo necesitaban. Varios meses ya tenía la telenovela en el aire. En cambio, él sí que necesitaba el trabajo. Se había tenido que tragar todas sus palabras, sus pruritos de conciencia. Admi­tió que la novela debía extenderse mientras ganara rating. La madre-emisora-Figueroa lo recibió entre sus brazos.
  17. El auto se detiene. Carlos golpea el volante, disgustado. Se apresta a dispararle a Martín. Este también se prepara.
  Bueno, ahora las dos figuras principales se enfrentan. El economista que estaba reconciliándose con su novia y el muchacho del barrio que había tenido que meterse a malandro para sostener a su mamá paralítica. La muerte de cualquiera de los dos repercu­tirá en las otras vidas. Producirá dolor en los demás. Porque los dos son amados. Tienen seres que los esperan, que les cocinan, que arreglan la casa y les recuerdan afeitarse. Ambos son tan rectos, no sucumben ni violan sus principios, aun siendo uno malandro y el otro un sano idiota. Quién debe morir? Tienen su nevera llena de botellas de cerveza y no una, íngrima, que cae al piso, reventando, igual que la nuca por donde sale la bala.

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