POR LOS SIGLOS DE LOS SIGLOS
I
Otra vez sucedió. Ahora
soy una persona bien vestida que agita un vaso de whisky en una recepción
social. Caí justo cuando mi anfitrión reía por algo que acaba de decir ese
hombre de enfrente. Viene un fotógrafo, todos se acomodan alrededor suyo y
posan. Yo también debo hacerlo. Ha ocurrido tanto que he aprendido a disimular.
Los otros son mis modelos. Sonrío, hago chocar los trzos de hielo contra las
paredes de cristal del vaso. Tomó un trago. Parece un homenaje a una
personalidad importante, un alto funcionario, quizás un militar porque veo a
varios uniformados en esta terraza repleta de gente, donde los mesoneros con
dificultad distribuyen los vasos y algunos bocadillos. Por la luz, que se
refleja en el suelo desprotegido por los toldos, debe de ser mediodía.
Apenas se escucha una
música amable, eclipsada por el bullicio de los asistentes. ÇEs tan densa la
multitud y estridente la barahúnda, que siento repugnancia por estos cuerpos
que me rodean, se aglutinan, tocan y empujan, incorporándome a su movimiento sinuoso.
Bebo el whisky para despejarme, en vano. Entonces, decido salir. Es necesario,
imprescindible, urgente, que emerja de aquí. Emprendo la marcha y salgo al fin
a un pasillo va´cio, a un costado el patio donde se aglomeran los festejantes.
Me asomo por una ventana abierta que entrar bocanadas de aire caliente henchido
de ruidos urbanos.
¿Qué ciudad es esta?
¿Adónde me ha traído el Castigo esta vez?
Son extrañas estas
paredes, esos hombres, aquella ciudad que veo desde acá arriba. Sospecho de su
realidad. Temo parpadear incluso porque en esa fracción de segundo todo podría
desvanecerse.
Desconfío de la solidez
de este piso de brillante granito, no quiero descuidarme y dejar que vuelvan a
la nada objetos y gente, mientras se descubre entre la niebla eterna la faz del
Enemigo.
Miro a las paredes, al
suelo, a los espejos, a la ventana; giro, doy vueltas angustiado, al acecho de
cualquier trampa oculta en este engañoso escenario.
-
Creí que te habías ido, amor…
Y me besa. Y el calor de
su cuerpo, abrazado al mío, me devuelve la prudencia. Esta ha de ser la esposa
o la amante, quizás, del mortal que he poseído. Inseguro primero, después con
mayor confianza, la abrazo, la acarició, la estrecho, y ella busca mis labios
con los suyos. La beso y parece advertir mi consternación.
- ¿Qué te pasa?
La prudencia me dicta
centrar en ella la conversación, en la fiesta, en otra cosa que no sea yo.
Mientras más tarde en hablar, más curiosidad despertaré.
-
Nada ¡Qué linda estás! ¿No te lo había dicho? Deslumbras
ciertamente…
Vuelve la sonrisa
disuelta hace unos instantes. Opto por la descripción de su vestido y su
peinado, y lleno mi boca de palabras sacadas de algún poeta mortal en el que he
caído antes.
-
Nunca habías hablado así, José Luís…
Creo que he cometido un
error. Lejos de apartar su atención de mí, la atraigo con este repertorio de
otra época y de otro país. Por lo menos, ya sé el nombre del mortal en cuyo
cuerpo resido ahora. Necesito tiempo. Es posible que pronto salte otra vez y no
tenga que aguantar los inconvenientes de esta vida, Quiero meditar, estar solo.
Tal vez si salgo del edificio…
Invento un ardid. Le
pregunto por el baño.
-
¿No sabes dónde está siendo este tu edificio? ¡Si te la pasas
aquí! Estás muy raro.
-
Es el whisky, me hizo sentir mal.
-
Está bien. Anda, atraviesa la terraza y al frente hay otro
pasillo donde están los ascensores. Sigue y, al fondo, están los baños.
Me dirijo hacia allá con
buen paso, abriéndome camino en la densa multitud, esquivando abrazos y
apretones de manos. Asquerosos. Y mesoneros, y mujeres que saludan con besos en
la mejilla y cerca de la boca.
Al fin estoy frente al
ascensor. Pero los intestinos de este cuerpo me ordenan seguir hacia mi destino
original. Soy el alma de este hombre, pero sus vísceras poseen vida propia y al
final sus designios se imponen con intransigencia.
El interior es pulcro y
la porcelana aísla el ruido. Un lugar apropiado para mis fines. Me siento y
mientras satisfago la urgencia de las entrañas, reconstruyo mi odisea.
Todos habían jurado
lealtad a la rebelión y todos fueron traidores. Una parte de mí sabía de su
inconstancia y cobardía, pero la otra alimentaba desgraciadas esperanzas,
basadas en sus dignidades brillantes. No quería creer en su desmayo, porque
ello sería esperar el mío. Su sustancia es la misma, sus honores similares,
parejas sus luces. ¿En qué asentaría entonces, si fallaban, mi fortaleza?
Confiaba en mí porque lo hacía en ellos, en su altura y plataforma, en las
cuales yo también me sustentaba. Pero el miedo al Enemigo, deshizo sus
verticalidades, desinfló sus viriles durezas. Fueron viles arrastrándose y
besando sus pies, y El maquinaba entre tanto el terrible Castigo contra quien
mantuvo firme su dignidad y alta su mirada. Me condenó a saltar de mortal en
mortal, eternamente, sin siquiera el consuelo de quedarme a vivir una vida
completa, con la liberación de la muerte, pues su sentencia dictaba que sólo
poseyera por breves años o ridículos días, un cuerpo cualquiera, en distintos tiempos
y naciones, sin descanso, sin tiempo para adaptarme a un hogar, así fuese el
más indigno.
He adquirido serenidad a
pesar de que la angustia y la tristeza todavía a veces me resienten. Entonces
amargos recuerdos y pensamientos se apoderan de mí y llego a admitir que el
orgullo es vano y me ha conducido al error. Los remordimientos me producen una
fría sensación de vacío, como si cayera en un foso o mi estatura se redujera a
vertiginosa velocidad. Llego a desear la Nada , rechazo la existencia, al tiempo que repito
innumerables veces en mi memoria las escenas culminantes de la Rebelión , el Juicio y la Sentencia. Bajo
el influjo de tales sentimientos, los músculos del cuerpo que poseo se
distienden. Los ojos se velan y percibo horribles hormigueos en las
extremidades.
Otras veces es el miedo.
Y ataco antes de ser agredido. Así he eliminado a varios
mortales, sorprendidos por el filoso hierro o un veloz proyectil, cuando se
disponían a cumplir las maquinaciones del Enemigo.
En uno de mis saltos, caí en el padre de una
familia despreciable. Tan infames eran que aceptaron las torturas a las que los
sometí, primero a la hija menor, luego a cada uno de los pequeños y la mujer,
hasta que incendié la casa con todos adentro, atados al techo por los pies. Su
dignidad disminuía con cada prueba. Merecieron aquella muerte por el vicio de
su voluntad, que les impedía rebelarse.
Otro
salto me llevó a un tiempo de guerras. Orgulloso y altivo facilité convertir al
mortal que poseí en el caudillo de las huestes más feroces del mundo, de cuyo
jefe empezó a decuirse que no permitía crecer la hierba por donde su bestia
pisaba y que cometía crueldades sin medida, violaba y descuartizaba mujeres,
incendiaba ciudades demolía edificios sagrados y se deleitaba en festines
larguísimos comiendo la carne de sus víctimas.
Me
levanto y miro. La producción fue copiosa. He aprendido a leer presagios en los
productos de las entrañas de los mortales. Cuando sufren de estreñimiento y es
escasa la obra, debo guardarme y extremar la prudencia pues los peligros están
a punto de aumentar a mi alrededor. Debo calar por regla y revelar por
excepción; ahorrar gestos y despilfarrar silencios. Porque abundante carga
porto y valiosa y los otros desean birlármela, recurriendo a engañosas tretas.
En cambio, si las tripas expulsan con celeridad y abundancia hasta llenar la
más grande de las tazas, ello presagia que es tiempo de prodigar discursos,
risas y miradas brillantes, que los otros bien las reciben y devuelven con
creces las manifestaciones para regocijo de quien dio primero.
Su
cuerpo es lo único que al principio conozco del mortal. Es lógico que de su
funcionamiento y humores deduzca su temperamento. Este ha de ser expansivo y,
de acuerdo a tal, decido actuar en el festejo adonde ahora me dirijo. Otro
detalle: debo cuidar mi estilo de expresión. Reducir vocabulario; simplificar
la sintaxis. Juntar los miembros del razonamiento.
II
Tres años y medio permitió el Enemigo que
estuviese en José Luís. Al terminar el plazo volvió a contraerse el éter y otro
salto a otro desconocido destino me llevó. Me abate como siempre, como siempre,
la congoja. El mortal donde ahora moro viste armadura y cabalga en un sudoroso
animal. Dejo al bruto escoger el camino en esta extensa pradera, no
interrumpida por monte alguno, mientras recuerdo con nostalgia el ascenso que
facilité a mi anterior poseído. De vendedor de lotería a mano derecha del
empresario más poderoso de la región. ¡Si tan sólo el Gran Juez hubiese
consentido en dejarme un tiempo más en ese mortal, lo habría llevado a la cima
del Poder!
Cuando
caí en él, asistía al aniversario del diario, una de las empresas más
importantes de su amigo, quien también tenía unas constructoras, una emisora de
radio, una fábrica de aceite comestible, una embotelladora.
José
Luís permitió en una oportunidad en su adolescencia que su patrón yaciera con
el amor de su vida, y no sólo eso, desde entonces, desechando inútiles
pruritos, le había hecho varios favores importantes, desde responsabilizarse
por un contrabando gasta ser testigo falkso contra un enemigo que paró en la
cárcel a punta de jueces baratos.
Así,
José Luís ya tenía su camino avanzadao cuando paré en él. Una lealtad perruna,
hecha de miedo al hambre, le había ganado un lugar destacado en la confiuanza
de sus solícitos favores cuando caí en él, dotándolo del complemento inevitable
de los grandes aduladores: la ambición desmedida.
La treta
que fraguaba el millonario, de la cual sería instrumento José Luís, consistía
en sacar del negocio al periodista que había concebido en todos sus detalles
aquel diario que tanto éxito e influencia le dio a su dueño.
Habría
que comprar la mayoría de las acciones y, después, en asamblea de socios,
obligarlo a vender las suyas, las del periodista.
Todo se
realizó y el empleado leal, de pronto, fue accionista de uno de los más
importantes negocios de aquel pequeño imperio. La celebración fue una prgía con
bellas mujeres. Me convenía la confianza ilimitada del patrón y me ofrecía para
cualquier otro plan que concibiera aquella mente avara y ambiciosa.
El
siguiente era relativamente sencillo. Se trataba de negociar el apoyo del
periódico y la emisora a los partidos que concurrían a las próximas elecciones.
Mi patrón quería colocarme a mí, a su hermana y a dos de sus hijos en cargos
importantes. Para él exigía una curul en el Congreso. Le pedí, y él accedió, la
dirección del periódico, a fin de facilitar mi labor negociadora. Fui muy
activo y diligente, y al cabo de un mes de cenas, brindis, reuniones
confidenciales, logré confeccionar los términos de un pacto con uno de los
partidos que más opción tenía. Mi patrón me colmó de felicitaciones pues ya se
veía parlamentario. Pero más eufórico se puso cuando conoció mi estrategia de
campaña a través de nuestros medios. Ella incluía falsos atentados en contra
mía y suya, de los cuales acusaría a los adversarios, con generoso material
fotográfico trucado. Su carcajada duró varios minutos al explicarla que hasta
un destacado académico escribiría artículos condenando en brillante prosa el
canibalismo político de los rivales.
No podía
saber que los falsos atentados tendrían algo cierto: su muerte. Yo me alzaría
con el pequeño imperio de mi jefe.
Pero en
eso se produjo nuevamente el Salto.
III
Me
acompaña un gordo vulgar sobre un pequeño asno. No lo había advertido. Me
sigue, habla para sí, sudoroso y lleno de polvo, el pantalón manchado de fango.
La facha del mortal que ahora poseo es aún más extraña. Una bacía en la cabeza,
de esas que usaban los barberos en la cabeza para afeitar en el siglo XVI. Mi
caballo es flaco y triste. Debo armarme de resignación. Suspiro. Aguantar la
tortura de este vestido de metal que ahora se calienta con este sol que cae a
plomo. Voy a cocerme aquí adentro. Los dolores en la espalda, en las
articulaciones, en las tripas, empiezan a distinguirse, a emerger en la
conciencia.
El
Enemigo parece ahora divertirse con mi cuello, rígido, tenso y adolorido. El
sol arrecia aún más. Respirar significa un gran esfuerzo. Mi cabello empieza a
destilar sudor. ¿Qué quiere de mí, Enemigo? Maldito si crees que me
arrepentiré. No me asustas ahora, con tu forma de gigante, levantando cuatro
brazos que provocan ventarrones al agitarse. Al marchar produce terremotos. Te
abalanzas sobre mí, Enemigo. Pero no me rindo. Con mi lanza y mi voluntad te
venceré ¡Adelante, mi flaco corcel! ¡A vencer!
Mi
ridículo acompañante abre los ojos asombrado. Intenta detenerme. Dice que no es
un gigante sino un molino de viento. Pero no me engañas, Enemigo. Nunca
lograrás mi rendición.
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