lunes, 23 de diciembre de 2013

AL ACECHO

 La humedad y el calor de la selva me cubren como la respiración de una bestia enorme e invisible. Se condensan en el sudor que se desliza por la piel. Es una serpiente de inquietudes. Termina por espantar el sueño que cobra venganza con esta embriaguez, este mareo, este delirio lleno de rostros crispados y gritos inconexos, disparos de caño­nes y gemidos de hombres destrozados en la batalla. Y sin embargo observo con tranquilidad a Mariño, iracundo, insultando al Liber­tador, a Colombia, agitando los brazos, llamándome Toñito para ostentar su desprecio, enrostrándome una presunta hipocresía, una inaceptable ambición que precisamente es en él donde brilla, en esas maneras de jefe mandón, teatral, ridículamente exagerado, vociferando atroces infamias.
 La selva es un caldo hirviente, un mar violento de sangre, un corazón que martillea. Llegar a Bogotá y no encontrar a Bolívar. Y verlo ahora, en sueños, primero sobre un burro, después en un jergón miserable, la piel ya transparente, cuarteada por delgados vasos azules. Respira con dificultad clavando dolorosamente en mí el fulgor de sus ojos. "¿Vas ahora por tu hijo y tu mujer?", me dice y sonríe: "yo, en cambio, voy a morir". ¿Y por qué ahora aparecen mi tío y mi padre? ¿Por qué aparece ella, la traidora? ¿Sueño o deliro? ¿Qué es lo que causa tanto llanto? Por la puerta entran, de luto, todas las mujeres de mi vida con rosarios en los dedos. Mis hermanas violadas y decapitadas en Cumaná por los realistas. Mi madre, con su rostro cubierto por el velo negro del olvido. Me rodean. Lloran quedamente. Prenden velas y rezan. Como si hubiera muerto. ¿Será mi asesino este Erazo?  ¿Este burdo maleante de la selva? ¿Y ese, su flaco acompañante, Sarriá? "Ustedes deben ser brujos cuando, habiéndoles dejado en casa y caminando yo sin parar, les encuentro ahora delante de mí", les dije en Venta Quemada, en medio de esta fiera selva. Y los brutos se desconcertaron. No saben siquiera disimular. Huyen, acobardados. Bien sé que más adelante los encontraré. Mejor dicho ellos me encontrarán. La selva es húmeda y caliente. Y oscura. ¿Moriré aquí? ¿Son estos mis asesinos? ¿Estos Santanderes, Páez, Mariños, La Mar, Gamarras? ¿Los congresantes de Bogotá? Cuánta mezquindad reunida, conspirando. Qué grandes y qué pequeños. De pronto me doy cuenta de que estoy despierto. De treinta y cinco años. Me falta un lustro para poder ser presidente, de acuerdo a esa constitución menos moribunda que yo, hecha para ex­cluirme. Faltan un par de horas para que salga el sol. Me incor­poro y sorbo ansioso el aliento bestial de la selva. Ya he visto a mis asesinos en acecho. Lo que no imaginan es que soy yo quien los acecha. Los llevo y los traigo, como hipnotizados, al momento de mi muerte. Observo cada uno de sus movimientos mientras me estiro y bostezo. Les dejo hacer, correr, los tiro de aquí para allá, juego con ellos. Sólo con las miradas, las suyas  aterra­das, avergonzadas, la mía en paz, hemos acordado por fin la cita. ¿Debo cumplir? ¿Debo asistir puntualmente? ¿O ver crecer a mi hijo y envejecer feliz, padre y esposo amantísimo? Miro el tupido cielo vegetal de la selva. Caigo en este lecho de jadeante vegetación.
 De nuevo siento la punta de los ojos de Bolívar penetrar dolorosamente en mi corazón. ¿O fue la bala anhelada la causa de este dolor que se derrama hasta siempre?


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