EL SOMBRERO
Acurrucada en el suelo, en una de
las esquinas de su cuarto, Mildred
miraba eso. Negro, inmenso, con las
alas arrugadas. Sobre su cama, el sombrero parecía un enorme y siniestro hongo
que hubiese aparecido de repente sobre el blanco cobertor. O un gran insecto
aplastado, una mariposa gigante y parda susurrándole algo que la erizaba.
Le había atraído precisamente por
ser tan feo, de fieltro, como si fuera de un campesino de algún lejano país de
Europa. Lo descubrió sobre la mesa, en medio de la galería. Aquellos locos
cuadros, llenos de pastosas manchas de color, los podía entender únicamente
Julia, su querida amiguita, porque estudiaba artes plásticas. El sombrero la
llamó: de eso no hay duda. Sus quince años se estremecieron desde que lo
vieron.
"Fue amor a primera
vista", le dijo a Julia cuando ésta le reconvino por haberlo robado. Había
sido inaudito. "A ella nunca le gustó", recuerda ahora Mildred,
temblando, mientras lo contempla.
Comenzó a sospechar cuando un
irresistible impulso le hizo empujar a la hermanita de Julia en la piscina de
la casa . Su amiga del alma estaba furiosa. "Cada vez que te pones ese
horrible sombrero te transformas; te pones rara, maligna", le había dicho
llorando.
Quemarle el vestido a Elena no
había estado mal. La intrigante se lo merecía. Se había burlado de ella en su
cara, por usar su querido sombrero. Pero había sido demasiado ponerle aquel
veneno en el café a la profesora de Matemáticas. La idea se le había metido en
la cabeza no sabía por qué. Menos mal que la mujer se dio cuenta a tiempo.
Al fin se había decidido. Lo
destruiría. Se levantó y buscó los fósforos en la cocina. La mujer de servicio
tenía el día libre. Pero sintió que una gélida presencia le acompañaba. Al
abrir la gaveta de los cubiertos y ver los cuchillos, pensó en Andrea.
Nunca le había gustado. Papá le
había explicado una y otra vez porqué se casaba con esa mujer. A regañadientes
lo aceptó. Su Papito no tenía porqué quedarse solo el resto de su vida. No
debía ser tan egoista. Además, sólo guardaba vagos recuerdos de su madre
muerta. Andrea, por otra parte, trataba de ser buena con ella. Al fin, le
permitió a su padre volverse a casar.
Ahora los pedazos de aquel cadáver
estaban enterrados en distintos lugares del jardín.
Recordó a Papá, tan lejos en ese
momento, allá, en Mérida, y consiguió los fósforos. "Es el amor que me
salva", susurró.
Estaba hecho. Creyó escuchar un
difuso lamento mientras las llamas consumían eso. Ya no habría maldad. Le explicaría a Papá. El sombrero había
sido el culpable. Era un regalo del diablo. Pero ya lo había destruido.
Lavó sus manos. Se miró en el
espejo. Esa cadenita se la había regalado Julia. Su querida amiguita. Nunca le
había gustado su sombrero. Iría a buscarla. La invitaría a la piscina. No hay
nadie ya en casa.
Sonrió imaginando las muchas
burbujas que brotarían de su boca.
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