lunes, 23 de diciembre de 2013

EL SOMBRERO

  Acurrucada en el suelo, en una de las esquinas de su cuarto,  Mildred miraba eso. Negro, inmenso, con las alas arrugadas. Sobre su cama, el sombrero parecía un enorme y siniestro hongo que hubiese aparecido de repente sobre el blanco cobertor. O un gran insecto aplastado, una mariposa gigante y parda susurrándole algo que la erizaba.
 Le había atraído precisamente por ser tan feo, de fieltro, como si fuera de un campesino de algún lejano país de Europa. Lo descubrió sobre la mesa, en medio de la galería. Aquellos locos cuadros, llenos de pastosas manchas de color, los podía entender únicamente Julia, su querida amiguita, porque estudiaba artes plásticas. El sombrero la llamó: de eso no hay duda. Sus quince años se estremecieron desde que lo vieron.
 "Fue amor a primera vista", le dijo a Julia cuando ésta le reconvino por haberlo robado. Había sido inaudito. "A ella nunca le gustó", recuerda ahora Mildred, temblando, mientras lo contem­pla.
 Comenzó a sospechar cuando un irresistible impulso le hizo empujar a la hermanita de Julia en la piscina de la casa . Su amiga del alma estaba furiosa. "Cada vez que te pones ese horri­ble sombrero te transformas; te pones rara, maligna", le había dicho llorando.
 Quemarle el vestido a Elena no había estado mal. La intrigante se lo merecía. Se había burlado de ella en su cara, por usar su querido sombrero. Pero había sido demasiado ponerle aquel veneno en el café a la profesora de Matemáticas. La idea se le había metido en la cabeza no sabía por qué. Menos mal que la mujer se dio cuenta a tiempo.
 Al fin se había decidido. Lo destruiría. Se levantó y buscó los fósforos en la cocina. La mujer de servicio tenía el día libre. Pero sintió que una gélida presencia le acompañaba. Al abrir la gaveta de los cubiertos y ver los cuchillos, pensó en Andrea.
 Nunca le había gustado. Papá le había explicado una y otra vez porqué se casaba con esa mujer. A regañadientes lo aceptó. Su Papito no tenía porqué quedarse solo el resto de su vida. No debía ser tan egoista. Además, sólo guardaba vagos recuerdos de su madre muerta. Andrea, por otra parte, trataba de ser buena con ella. Al fin, le permitió a su padre volverse a casar.
 Ahora los pedazos de aquel cadáver estaban enterrados en distin­tos lugares del jardín.
 Recordó a Papá, tan lejos en ese momento, allá, en Mérida, y consiguió los fósforos. "Es el amor que me salva", susurró.
 Estaba hecho. Creyó escuchar un difuso lamento mientras las llamas consumían eso. Ya no habría maldad. Le explicaría a Papá. El sombrero había sido el culpable. Era un regalo del diablo. Pero ya lo había destruido.
 Lavó sus manos. Se miró en el espejo. Esa cadenita se la había regalado Julia. Su querida amiguita. Nunca le había gustado su sombrero. Iría a buscarla. La invitaría a la piscina. No hay nadie ya en casa.

 Sonrió imaginando las muchas burbujas que brotarían de su boca.

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