lunes, 23 de diciembre de 2013

4013

    De golpe todos a mi alrededor se levantan, se han levantado. ¿Que gritan gritaron por los altavoces? La gente ovaciona desde las gradas, el pequeño estadium está de bote en bote. Nos ovacionan. A nosotros los que aquí, en la grama de la cancha, nos levantamos de un salto, justo después del desfile de los tanques y los camiones del Ejército, nos levantamos después de estar sentados en el césped de la cancha, absortos en unos fuegos artificiales y unas detonaciones festivas también, porque esto es una celebración, una feria militar, nos levantamos, pues, y formamos, estamos ya firmes, tensos, emocionados, gritando consignas, de pronto cerrando duro la mandíbula, sorprendidos, extrañados, desconcertados ¿Qué han gritado por los altavoces, dios mío? Oh, sí , han dicho “batallón 40-13, firrr!” Y unos camiones del Ejército entran en la cancha a toda velocidad. Gruñen los motores. Gimen los cauchos. Frenazo. Se detienen bruscamente, los abren por detrás y todos a mi alrededor, firmes, ya empiezan a marchar, un, dos, der, izq. O sea. Es decir. Escucha, bobo, lo que dicen, lo que gritan por los altavoces, el heroico batallón 40-13, “adelante, los héroes de la patria, los hijos de Sandino se dirigen ya a defender la Soberanía Nacional”. O sea. O sea. ¡Oh, dios mío! Te lo están estrujando en la cara, te hieren los oídos. Marcho yo también, repitiendo el mecanismo simple de la marcha. Voy, vamos, a la frontera, al heroísmo, a la batalla contra los contra, por la Soberanía de Nicaragua. ¿Pesadilla? ¿Yo? ¿Aquí? ¿Dónde? ¿Qué?
   Julia, el partido, la sala de redacción, el cubano, Reagan, mis hermanas, Alex, la fiesta donde descubrí que no éramos gente. ¿Era así el Aleph? Todo vuelve a ocurrir, ocurre ocurriendo en un segundo, un instante, un fogonazo, como si la muerte, sí, la muerte, porque lo que viene es la muerte. ¿Será por eso, entonces? ¿Será por eso este montón de escenas, imágenes, puñaladas en el corazón, miradas de Julia...?
  ¿Qué significaba esa mirada de Julia? Yo sólo quería servir de algo, pasar un rato con ella, con ellas, las amigas, adivinando el olor de su aliento, intentar complicidades, juegos deliciosos, esbozar una alegría, y todo se me amargó cuando ví a esos tipos ahí en el apartamento, amigos de Gema dice ella, pero ellos son dos y ellas son dos, o sea, y ella mirándome como si todo encajara menos yo, como si yo sobrara, y diera pena, le diera pena, ¿lástima? En todo caso, un dolorcito ahí, como un puñal en el pecho, y alguito, creciente, mucho, de rabia. Una rabia que no debe explotar. Sólo se convierte en mi necedad de quedarme, de insistir, de hacerme el bobo. Rabia que estalla como la gotica de gasolina que impulsa el pistón y levanta aquello y rrrummmm. Tocar la guitarra. Rabia que se hace tristeza. Otra vez. Humo.
  Porque Julia era algo diferente. Era otro mundo. Era (¿cómo decirlo?) algo. No sé cómo decirlo. Porque mi lenguaje es la lucha de clases, reunión del partido, organización, fijar la reunión. Mi vida es una larga cadena de reuniones. Y llegar a la casa sola. Solo. Y sentirme medio estúpido, callarme, porque ésto no es el Partido que yo quiero y entender que ésta es la realidad, pero un militante no se está con tanto remilgo, tanta depresión, tanto llanto por no se sabe qué cosa. Porque esto es sólo flojera, se me atasca el amor a la Humanidad, se me borra, soy una Nube con Pantalones. No, esto no es pura y simple tristeza, es cansancio vulgar nada más (con todo y melodía de Silvio). ¿Tú sabes lo que es estudiar de noche, trabajar en la tarde, militar en la mañana y los fines de semana? Me acabo cada día en esta llenura de vacío, este tiempo cóncavo, cueva, globo que se llena de actividades, reuniones, tantas reuniones, muchas reuniones, conversaciones, buscar al carajito al liceo, hablar con él, plantearle formar una célula, un grupo en el liceo, y después proponer un círculo de estudio a los chamos de los Teques, y otro a los de la Bombilla. ¿Círculo de estudios? Sí, leer y después discutimos. Y me doy cuenta de que aquello para ellos no tiene sentido pero no me quiero dar cuenta de que sobro, de que no soy, de que mejor nos echamos unas cervezas, de que aquel vende la hierba, de que cuidado a las cuatro de la tarde en el barrio. Mejor la acción, digo yo. Pero me da miedo, me da miedo tanta cerveza, habladera de pendejadas, digo yo, tanto negro en Barlovento, tanto machete fantasmal amenazando, tanto cuento de lucha de machetes, con todo y brazos cercenados y tajos escarlata en el cuello. Historias de peleas por una negra. Las negras huelen mal, dice Juan. Es español, me susurra Ismael, por eso las negras le huelen mal. ¿Huelen mal? (¿Qué olor tenía Sonia? De Sonia únicamente unos inmensos senos y unos ojos inmensos. El café en la mañana, después de una noche que debió ser bestial pero intuyo que a ella no le pareció gran cosa porque, como siempre, no pude). Porque el Secretario General me complica: vamos a cogernos unas negras en Barlovento y tú sin saber qué hacer contigo porque tú lo que te habías planteado era construir partido, pero eso pasa por esto, y después eso viene más tarde ¿no? No trates de hablar de política ahora. Apenas tratas de hacer una gracia restregando tu nariz en el pecho ubérrimo de Sonia.
   Julia era otra cosa. Era una tarde en la Cinemateca. Un ciclo de documentales, después otro de Ciencia-Ficción. Comentar Metrópolis y Chaplin. Esas imágenes de hombres grises mecanizados, gestos teatrales, exagerados, como danzando, esas ruedas dentadas gigantescas. El humo de las fábricas. Y salir de la sala y bebernos unas cervezas en el Gran café de Sabana Grande, con unas pizzas. Entusiasmado porque es bella y rubia e inteligente,  y te escucha con atención y te hace sentir que lo que dices es importante, interesante, le gustas. Estás hechizado como nunca antes. Y se citan en todas las películas subsiguientes del ciclo. Y hasta que la llevas a tu casa que está sola, vacía, vacía (los viejos están lejos; Mamá dejó la comida en la nevera). Y de tu cansancio vulgar, de tu tristeza que no quieres reconocer, mucho menos esa depresión que te asoma una muerte a la cual no debes darle tregua ni cuartel. Y sacas la guitarra, donde has descubierto la flexibilidad de tus dedos buscando los acordes de Silvio, y te haces dulce, dulce, cuando muestras tu versión de Benedetti (“Compañera usted sabe que puede contar conmigo...”). Buena canción. Tú lo sabes. Es de las pocas seguridades que te quedan, te dices ahora en la cancha donde marchas hacia el camión que te llevará a la frontera. Es una buena canción. Crees que ya tienes una oportunidad y te abalanzas hacia el beso, pero ella te elude y sonríe. Te vence esa manera. Esa dulzura del rechazo. Bruto; te dices ¿O ella hizo que te dijeras? te preguntas marchando, con las detonaciones al fondo, detonación que se extiende porque el tiempo es una goma que se estira.
  Llegar como una cucaracha blanca metálica. Lo que llega es mi carrito al estacionamiento del periódico. Perderme en la multitud que entra y sale, que no es tanta gente tampoco. Parece una imagen de una película de Ciencia Ficción. Aterrizo, pues, y entro en el ascensor que de inmediato me expulsa en el piso de la redacción y ya, estoy sacando, cortando, leyendo, apartando los cables más importantes. Son recuerdos, imágenes viejas por supuesto, De cajón: eso que suena como un martillo es un teletipo y este papelero que amontono, se me vuela, recojo, intento organizar, descifro de un vistazo, son cables de noticias internacionales. Mi jefe inmediato es un cubano anticastrista. Ya ha muerto, pero ahora lo veo fumando como la tierra hace millones de años. Mi antípoda político, pero buena gente. Borracho. Tres botellas de Triple Filtrado tiene en la gaveta de su escritorio. Las saca apenas terminamos las páginas internacionales, a eso de las 8 de la noche. Tal vez antes. Es una rutina agradable, no muy exigente. Salgo a las 12 completamente borracho. Siento que aprendo y me refocilo en mi aprendizaje de joven periodista, el chamo de la redacción. Reminiscencias familiares. Sí: me amelcocho sabiéndome el más pequeño de la casa, del trabajo, del partido. De la Revolución y la guerra, ahora, cuando mi pequeñez adquiere estatura de muerte y marcho hacia el camión, hacia la frontera. Pero, volvamos a la redacción, y ahí estoy yo disfrutando porque me encargaron un reportaje sobre el libro blanco de Reagan que prepara una intervención en Centroamérica para enfrentar el avance del comunismo. Apoyo a la contra, a los guerrilleros contra el comunismo. Contra el sandinismo en Nicaragua. Pero no debo hablar de imperialismo. No ir más allá de la óptica socialdemócrata y, eventualmente, la socialcristiana: la inconveniencia de esas intervenciones norteamericanas. Los tiempos han cambiado y latinoamerica tiene derecho a definir sus destinos sola. defensa de la democracia. Chance para la autodeterminación de los pueblos. Punto. Julia, va a salir mañana, lee mi reportaje sobre la política de Reagan hacia Centroamérica y me dices qué te parece. El primer reportaje de interpetación que publico en el periódico. Me amelcocho. Está bien, mi amor. Me dijo mi amor y, al colgar, ha desaparecido la redacción del periódico, incluso las detonaciones en la cancha, la ovación del público al batallón 40-13. Sólo vibra en mí su “mi amor”. Soy capaz de apreciar los boleros ahora. Todo lo romántico halla en mí entusiasmo y gusto. He dado un vuelco, he alisado mis púas. El teletipo dice violines. La piedra de la amargura se ha disuelto y reconozco que soy cursi en el fondo o muy cerquita de la superficie. En fin: ¿no es cursi todo esto de la Revolución? Cursi, no; romántico, tal vez. Tanto, que da miedo, digo marchando hacia el camión del EPS.
  Porque todo consiste en relaciones de poder, me advierte Alex. Aprecio su intención de adoptarme como su hermano menor (siempre el más pequeño: me amelcocho) y prepararme el almuerzo apropiado después de trotar en el stadium de la UCV y hacer ejercicios y vacilarnos unas gevas buenísimas. Aprecio su intención de sacudir mi marxismo ya tan zarandeado a punto de caerse, pero necio y almibarado, apuntalado con lecturas de Trotsky y ese extraño encanto por la revolución cultural en la versión de Rossana Rossanda y su grupo “Il Manifesto”. Aprecio su rol desenmascarador de las mentiras del Secretario General, de las vulgaridades que me rodean por todas partes, las brutalidades, despertar todo el asco de que soy capaz. Borrar mi inocencia, romper mi ingenuidad militante. Todos son unos cogedores de culo. Nadie cree de verdad en las cosas que dicen. Usan las diferencias ideológicas supuestas para sus enfrentamientos personales mezquinos. Te utilizan. Lee a Foucault.
  El libro me tentó. Pero, coño, cualquiera llega agotado a la cama después de ir a clases (me duermo ya ahí, en el salón), trabajar en el periódico, ir a Los Teques, Barlovia, Petare, a organizar el partido o a creer que organizas el partido teniendo este horrible cansancio, esta evidente tristeza, este dolor porque, sí, Alex me ha convencido de que Julia no me quiere para nada y me está usando, me lleva y me trae, hace conmigo lo que quiere, le hago de todo, todos los favores, y nada. Y nada. Por eso Foucault descansa en una esquina de mi escritorio. Observo su cubierta, especulo lo que quiere decir con eso de “Vigilar y Castigar”. ¿Es un castigo lo de Julia? Claro que me tiene cariño, digo yo. Pero me duele, sufro. Me amelcocho. Mejor duermo, pero cómo sentir sueño ahora, cuando estallo con cada detonación en este stadium con esa ovación y ese camión del EPS, Ejército Popular Sandinista, esperando por mí, por todos, los que ahora marchamos hacia la muerte en la frontera, y me doy cuenta, fría, duramente, con la consistencia y claridad de las cosas en la mañana en mi cuarto. Con la certeza de que Julia sólo ve en mí un carajito, no le intereso, sólo soy un chamo, no tengo chance, no puedo aguantar ese rechazo, este dolor. Me amelcocho pero, coño, sí, ¡estoy enamorado solo y me duele!
  Y¿por qué no simplemente con unas cervezas? ¿Por qué no una pea con Alex y los panas y basta? Una buena pea, un despecho, no es más que eso. ¿Por qué este viaje a Nicaragua? ¿De dónde salió este impuso de irme, desaparecer, estar en otra parte, otro país, otro planeta, otra muerte? Se me quemaron los ojos y me rueda una lágrima. Melcocha. Soy una melcocha marchando, uno, dos, al camión del EPS y siguen las detonaciones ocasionando desastres en mi corazón. Nos fuímos a la fiesta de carnaval, de disfraces. Salgo del periódico esperan Alex y rafael. Nos disfrazamos de Hell´s Angels. Llegamos formando un show. Al rato, Gabriel, buena onda, tipo simpático, me dice: “así están mejor. Cuando no están disfrazados no son gente”. ¿Qué quizo decir? Me explica. Siempre andamos serios, amargados, sectarios, coñoe´madres. No éramos gente. El colmo. ¿Depresión o cansancio vulgar nada más? No soporto esto. Y decidí irme. “Me traes un sombrero de Sandino” dice jocoso Alex. Me prometo escribirle, aunque sé que mis múltiples ocupaciones (o mi flojera) no me lo permitirá. No éramos gente.
  -Compañero, venga para acá, usted no es del batallón.
   La voz salvadora es de uno de los militantes del FSLN que en el barrio de las afueras de León cantaba consignas y llenaba unos papeles. El jefe me había preguntado si quería realizar una actividad en la tarde, la misma tarde de mi llegada a la ciudad, a la oficina de prensa donde me había destinado mi misión internacionalista. Yo dije que sí. Pensé que sería como las actividades de propaganda electoral del partido. Y, sí, se parecía. nos concentramos en un punto de la plaza, al lado del rectorado. Allí nos fueron a buscar en un camión que pronto forma parte de un montón de ellos. Bajamos y empezamos nuestra labor de proselitismo, cantar consignas. Recorrimos las calles de tierra del barrio cantando consignas, unas cuantas horas. Luego llegaron los camiones. Subimos cantando consignas, cansados, entusiastas. Llegamos a este stadium y empezó la demostración del EPS. Todo, una vulgar equivocación. Nada más.
 - Batallón 40-13, ¡Firrr!
  Ahora yo, sentado a un lado, a salvo, respirando pólvora de cohetes, lavándome la cara con lágrimas, me amelcocho viviendo con fruición, como si se me fuera en esos camiones el oxígeno, la vida, como si me la devolvieran esas explosiones de los cohetes, como si Julia ya no me importara sino yo, el chamo, yo mismo, mi vida. Porque ya pasó el susto, compañero internacionalista, cómo iba a montarse usted ahí si no ha recibido ningún entrenamiento. Sin entender todavía que lo que me hace falta es un entrenamiento. No; no voy a la frontera. No voy a enfrentarme a los contra. No voy a morirme todavía por la Revolución. Para allá no voy. Tan solo me hace falta un entrenamiento.


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